L.E.V. Matadero 2026: arquitecturas sonoras, cuerpos electrónicos y nuevas formas de percepción
Entre el 17 y el 20 de septiembre de 2026, Madrid volvió a convertirse en un territorio de experimentación audiovisual con una nueva edición de L.E.V. Matadero, encuentro dedicado a las intersecciones entre creación electrónica, arte sonoro, performance, tecnologías inmersivas y lenguajes digitales contemporáneos. Durante cuatro jornadas, las instalaciones de Matadero Madrid acogieron propuestas en las que la música electrónica y la creación audiovisual compartieron escenarios y procedimientos técnicos. El sonido convivió con imágenes en movimiento y dispositivos digitales, en obras que exploraron distintas maneras de componer y experimentar el tiempo y la materia sonora.

La inauguración del festival estuvo dedicada a Last and First Men, adaptación escénica de la película homónima del compositor islandés Jóhann Jóhannsson. La obra cinematográfica, estrenada póstumamente en 2020, toma como punto de partida la novela de ciencia ficción publicada en 1930 por Olaf Stapledon, que imagina una historia futura de la humanidad extendida a lo largo de millones de años. En esa escala temporal, las civilizaciones atraviesan transformaciones biológicas y sucesivas desapariciones, hasta que la existencia humana se aproxima a su extinción definitiva.
La partitura se desarrolla mediante sonoridades orquestales sostenidas, frecuencias graves y una escritura de considerable lentitud. Su interés reside en la transformación gradual de las masas acústicas, más que en la acumulación de acontecimientos musicales.
La duración de cada sonido adquiere importancia compositiva: los cambios de intensidad y las superposiciones armónicas generan una sensación de tiempo dilatado, próxima a la escala casi inconcebible que plantea la narración.
La jornada del viernes comenzó con Suso Saiz, una de las figuras fundamentales de la experimentación electroacústica española. Su trayectoria, desarrollada desde finales de los años setenta, comprende investigaciones con guitarra procesada, composición ambiental y producción musical. Su participación en Orquesta de las Nubes, junto a María Villa y Pedro Estevan, constituye uno de los antecedentes relevantes de una práctica que ha evitado reducir la guitarra a sus funciones armónicas tradicionales.

En L.E.V. presentó una nueva entrega de las Silent Sound Sessions, un formato de escucha mediante auriculares inalámbricos instalado en la Plaza Matadero. Cada asistente recibía la señal directamente, de modo que la experiencia acústica quedaba parcialmente aislada del entorno exterior. Esta disposición favorecía la percepción de los detalles de una música construida mediante resonancias prolongadas y pequeñas variaciones tímbricas.

La actuación del compositor escocés Drew McDowall junto al cineasta portugués Pedro Maia introdujo una vertiente de la experimentación electrónica vinculada a la tradición industrial y a las posibilidades expresivas de la síntesis modular. McDowall desarrolló parte de su trayectoria en el entorno de Psychic TV y Coil, proyectos fundamentales para comprender determinadas transformaciones de la música experimental británica desde los años ochenta.
La propuesta presentada en Madrid tomó como referencia A Thread, Silvered and Trembling (2024), un trabajo construido mediante capas electroacústicas, secuencias de síntesis y materiales sonoros procesados. Su lenguaje conserva elementos de la tradición industrial, aunque desplaza la atención desde la agresividad rítmica hacia estructuras de mayor duración y densidad armónica.
Pedro Maia desarrolló el componente visual mediante procedimientos cinematográficos analógicos y técnicas contemporáneas de manipulación de imágenes. Durante la actuación, dos pantallas situadas a ambos lados del compositor integraban su presencia dentro de las proyecciones. La composición sonora avanzó mediante superposiciones de frecuencias y transformaciones graduales, mientras las imágenes desarrollaban una temporalidad paralela a partir de texturas visuales y movimientos que acompañaban la evolución de la música.
Calligraton reunió al dúo Schnitt, formado por la artista alemana Amelie Duchow y el creador multimedia italiano Marco Monfardini, con la calígrafa japonesa Aoi Yamaguchi. La obra establece una relación entre el shodō, práctica tradicional de la caligrafía japonesa, y la composición electrónica contemporánea. Su interés reside en la construcción de una acción escénica donde el gesto de escribir adquiere una duración musical.
El shodō exige una relación precisa entre movimiento corporal, presión del pincel y comportamiento de la tinta sobre el papel. La escritura depende tanto de la forma final del carácter como de la velocidad de ejecución y las variaciones de fuerza ejercidas durante el trazo. Cada movimiento conserva la intervención física de quien escribe. La caligrafía puede entenderse, desde esta perspectiva, como una práctica temporal cuyo resultado permanece visible después de que la acción haya concluido.
En Calligraton, la escritura se desarrolló frente al público mientras Schnitt construía una composición electrónica que acompañaba la intervención de Yamaguchi. Las estructuras rítmicas y las pulsaciones sostenidas proporcionaron continuidad acústica a los desplazamientos de la calígrafa. La obra establecía relaciones expresivas entre dos procedimientos con temporalidades diferentes, sin depender de una correspondencia mecánica entre cada movimiento y una señal musical. La presencia de Yamaguchi introdujo una dimensión ritual vinculada a la concentración, la respiración y la continuidad del gesto caligráfico.
El compositor y artista digital suizo Milian Mori, vinculado al sello Raster Media, presentó una actuación audiovisual centrada en la organización precisa de materiales electrónicos. Su propuesta se sitúa dentro de una tradición de composición digital que investiga la reducción de elementos musicales y las relaciones entre pulsación, silencio y comportamiento visual.
La actuación incorporó recursos estroboscópicos y estructuras rítmicas electrónicas, alejándose de la acumulación instrumental para concentrarse en una producción de gran precisión temporal. Imágenes y sonidos compartían una organización geométrica que hacía perceptibles las relaciones entre frecuencia, repetición y variación.
La última jornada incorporó THE CLUSTERs, del artista japonés NAO, una performance construida a partir de la interacción entre movimiento humano y dispositivos robóticos. La obra investiga la generación sonora mediante sistemas mecánicos distribuidos, en los que la acción de la persona intérprete interviene en el comportamiento de pequeñas unidades tecnológicas.

La utilización de ocho robots constituye uno de los elementos característicos de la propuesta. Los dispositivos participan en la producción y transmisión de acontecimientos sonoros, mientras NAO establece relaciones físicas con ellos mediante sus desplazamientos sobre el escenario. El artista utiliza además un calzado tradicional japonés de tipo geta, equipado con sensores que permiten incorporar los pasos a la generación de sonido.
THE CLUSTERs plantea una cuestión central en las prácticas performativas tecnológicas: la distribución de la acción entre quien interpreta y los dispositivos que intervienen en la obra. Los robots participan activamente en la representación, aunque su funcionamiento responde a sistemas diseñados y programados previamente, cuya actividad se modifica durante la actuación. La performance permite observar esta relación entre movimiento corporal y comportamiento mecánico sin ocultar completamente sus mecanismos.
La pianista y compositora estadounidense Kelly Moran presentó material de Don’t Trust Mirrors, prolongando su investigación sobre las posibilidades acústicas del piano preparado y su integración con procedimientos electrónicos. Su trabajo ocupa un territorio particular dentro de la composición contemporánea, donde las técnicas extendidas del instrumento conviven con estructuras repetitivas y tratamientos digitales.

Uno de los momentos más destacados llegó hacia el final del concierto, cuando Moran interpretó Merry Christmas, Mr. Lawrence, composición de Ryuichi Sakamoto para la película homónima de 1983. La pieza fue ejecutada al piano, sin las capas electrónicas que habían acompañado otras partes de la actuación. El homenaje evocó la trayectoria de una figura esencial para comprender los intercambios entre música electrónica, composición cinematográfica y experimentación instrumental.
Moran también expresó públicamente su apoyo al pueblo palestino con unas palabras que nos emocionaron profundamente. Su intervención añadió una dimensión política y humana a una actuación que, por su sensibilidad musical y la cercanía de aquel gesto, terminó convirtiéndose en uno de los momentos más significativos del festival y en una forma especialmente conmovedora de despedir esta edición.
L.E.V. Matadero 2026 presentó también un circuito de instalaciones audiovisuales y experiencias de realidad extendida distribuido por diferentes espacios del recinto. Estas propuestas permitieron aproximarse a procedimientos de creación donde la participación del público modificaba el desarrollo de las obras o determinaba sus recorridos.
Puppet, del estudio francés 1024 Architecture en colaboración con Vitalic, convirtió la manipulación de una figura digital en un procedimiento de composición musical. Mediante un mando de Xbox, las personas participantes podían controlar los movimientos de una marioneta virtual y producir acontecimientos sonoros asociados a sus acciones.

La instalación recuperaba así un principio elemental de la interpretación instrumental: el movimiento físico como origen de una respuesta acústica. Su particularidad consistía en trasladar esa relación a un personaje digital cuya actividad visual y musical podía modificarse en tiempo real.
En H U M I, el artista italiano Riccardo Giovinetto investigó la representación de las fronteras geográficas mediante imágenes satelitales y grabaciones de campo procesadas algorítmicamente. La instalación utilizaba cuatro pantallas para construir territorios imaginarios a partir de materiales visuales relacionados con la observación terrestre. Las fronteras aparecían sometidas a transformaciones que cuestionaban su aparente estabilidad cartográfica.
La sección Vortex reunió distintas experiencias inmersivas. A Long Goodbye, de Kate Voet y Victor Maes, abordó la demencia mediante una narración de realidad virtual centrada en la memoria afectiva y las relaciones humanas. La obra había recibido el Venice Immersive Achievement Prize en la Bienal de Venecia y trasladaba al espacio virtual una experiencia vinculada a la transformación de los recuerdos.
Carles Castaño presentó [“Á”1653 “gora” 23035], una instalación interactiva de realidad mixta situada en una Tierra futura, donde los restos de una civilización desaparecida sirven como punto de partida para explorar las relaciones entre memoria y transformación ambiental. La propuesta invertía la posición habitual de la humanidad dentro de los relatos de ciencia ficción, planteando la posibilidad de contemplar nuestro propio planeta como un territorio ajeno.
Chronica V1, de Barbara Mydlak y Yann Deval, estableció relaciones entre procedimientos artesanales de fabricación de papel y tecnologías digitales. La experiencia proponía la construcción participativa de un archivo en transformación, relacionado con los procesos de memoria y sanación.
Por último, Playground, del estudio checo Initi, convirtió superficies arquitectónicas en espacios interactivos destinados al juego colectivo.
La edición de 2026 permitió observar la convivencia de prácticas artísticas con genealogías muy diferentes. La caligrafía japonesa, el piano preparado, la síntesis electrónica y los sistemas robóticos encontraron en Matadero un espacio común, aunque sus procedimientos respondieran a formas distintas de entender la creación y la experiencia sonora.
Cada tecnología introduce posibilidades expresivas, pero también condiciones materiales y formas específicas de dependencia. Los sistemas digitales requieren infraestructuras de fabricación y consumo energético; los instrumentos acústicos conservan conocimientos técnicos transmitidos durante generaciones; las prácticas corporales dependen de aprendizajes que no siempre encuentran reconocimiento dentro de las genealogías oficiales del arte contemporáneo.

L.E.V. Matadero 2026 reunió algunas de estas cuestiones en un mismo espacio. Más allá de la presentación de nuevos dispositivos, el festival permitió acercarse a investigaciones que siguen ampliando las posibilidades de la composición y la escucha, desde la intervención directa sobre la materia acústica hasta las formas de interacción que surgen entre el cuerpo humano y los sistemas tecnológicos.
Texto: Roberto Vilela / Fotos: Yohana Pele
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